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Justicia Geométrica

La justicia está en boca de todos y en la mente de muy pocos. ¿Sabemos lo que es cuando nos preguntan?

La logolatría como artimaña retórica-I

¿Se ha reparado en qué escueto trecho separa al nihilista del logólatra? Logólatra: acuño este nuevo término para designar al que gusta de empalagarse en "la razón" como aval y fetiche de sus suposiciones; pero especialmente al que reivindica la racionalidad de su discurso (que no se ha probado verdadero) contra la supuesta irracionalidad del de los demás (que no se ha probado absurdo). Nihilista, a su vez, es el que cree que la razón no tiene substancia, resultando una mera apariencia de orden dada por una perspectiva particular, igualmente azarosa.



Pues bien, yo no considero que el discurso ateo sea irracional, vómito psicótico, excreción atávica u hombre de paja, sino básicamente equivocado: como un cuerpo sin cabeza (los escépticos son cabezas sin cuerpo) que, a pesar de ello, por la coherencia de sus acciones, pudiera vivir en la sociedad de las ideas. Es decir, estimo que comparto con el ateo una misma racionalidad, pero con un orden y desarrollo distintos. El logólatra, en cambio, necesita invocar la razón (a menudo también "la realidad") y rociarla de incienso ideológico para que ésta se manifieste. Ser racional no está, según él, en la naturaleza humana, en los múltiples y variados usos wittgensteinianos del lenguaje, sino en la facultad de elección ante lo verosímil, que es siempre verosímil para mí y para los que no admiten determinados axiomas que yo, ateo, tampoco admito. Por eso se autoincluye en una distinguida y gregaria minoría. No es un caso único en la historia: los sofistas eran logólatras; los herejes gnósticos eran logólatras; los ateos son logólatras.

Son ellos, en fin, los que menos fe tienen en la universalidad de la razón del hombre, pues la hacen depender de una doctrina particular y de la voluntad que la inspira. Pero la voluntad para el logólatra es ciega, carece de directrices estables y se limita a dos movimientos rígidos: creer lo que no se debe creer -porque arruina todo pensamiento- o no creer en nada. De ahí la proximidad de posiciones entre el que sustenta su razón sobre bases irracionales como inexorablemente contrapuesta a las demás (la duda que afirma) y el que aprecia que no hay razón para creer en la razón, ya que ésta no es común (la duda que niega).

Entre el ateo y el abismo sólo media un último desengaño.

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