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Justicia Geométrica

La justicia está en boca de todos y en la mente de muy pocos. ¿Sabemos lo que es cuando nos preguntan?

La Constitución y el Principito

Hace unas horas, al cabo del debate parlamentario de hoy, Zapatero ha reducido la Constitución a mera forma, a rígida cáscara de procedimiento debido, casi a solemnidad cortés y, en el fondo, anacrónica. Sin pretenderlo tal vez, sus palabras han sintetizado un juicio preciso y transmutador de la Carta Magna, que de marco de la democracia se ha visto convertida en una absurda deferencia -así la sienten también los nacionalistas- que hubiera que tributar forzosamente a los antepasados. Punto. Repárese en ello: el texto constitucional, donde se codifica la soberanía del pueblo español, representa para la máxima figura del Gobierno de la nación pura letra, poco más que una hoja de papel, una rima monótona con la que cualquier melodía encaja. Y todavía se habla del espíritu de la transición, cuando sería más propio referirse a la transición del espíritu.

Lo preocupante no es este extremo solamente, aunque a mí me haya dejado perplejo. El escándalo surge cuando un redactado por aprobar y que, si llega a buen término, poseerá un rango inferior a la Constitución que lo posibilita, cuando ese fruto del monolitismo político catalán, esa butifarra indigesta de artículos, esa salchicha peleona del nacionalismo étnico-culturo-competencial, digo, aspira nada menos que a insuflar aliento de vida a algo que parece no tenerlo por sí mismo. Éste es el quid. Porque se diría que va a ser el Estatuto -y no a la inversa- el que otorgue legitimidad a una Cenicienta jurídica que, si no la violan abiertamente, sólo sabe decir sí. Ni más ni menos que como el conciliador monarca del Principito, cuya inverosímil autoridad era cuestionada por un niño.

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