La Iglesia tiene al diablo; el Estado tiene a la Iglesia
Daniel Vicente Carrillo - 28-08-2005 17:52:17 | Categoria: General
"Bellum manet, pugna cessat" (Carl Schmitt).Parece obvio que el Estado no quiere hacer santos, sino ciudadanos. Entonces, es tan perjudicial para él mismo aquel que transgrede la ley como el que va más allá de ella.
La Iglesia postula la necesidad de una entidad real y corpórea (aunque sutil y proteica) para justificar la presencia activa del mal en el mundo; es decir, no el mero mal metafísico, que comparten todas las criaturas en distinto grado, incluso las más perfectas, sino el mal voluntario. Dicha entidad es el diablo, ser paradójico de cuya cuasi-perfección creatural se sigue, por mor de su albedrío corrupto, la nulidad moral, a saber, la incapacidad de elegir el bien. La autarquía en el reino de las ideas -podría argumentarse- conduce a la anarquía en el ámbito de las acciones, pues la moral es una cuestión de coherencia y de preferencia: de lo posible con lo posible y de lo actual con lo posible. Así, el diablo, irremediablemente emancipado de la gracia (la cláusula de cierre, de indeducibilidad axiomática, del sistema lógico universal), peca por sistema; y, aun siendo libre, jamás deja de pecar.
El Estado, a su vez, tiene a otra entidad en apariencia real y corpórea (pero de hecho sólo "arquetípica"), la Iglesia, para justificar todo aquel mal del que no quiere responsabilizarse, esto es, aquel cuya regulación excede su actual soberanía. Me refiero al derivado de conductas desviadas o inmorales más allá de la ley, que el ordenamiento aquí y ahora no considera como delictivas y que, probablemente, ni la propia sociedad "estatalizada" rechaza en su mayor parte, debido a que recibe una fracción de sus beneficios de forma individual, sin valorar el todo (propiedad privada, explotación laboral, especulación usuraria, promiscuidad sexual, homosexualidad, etc.). Parece obvio que el Estado no quiere hacer santos, sino ciudadanos. Entonces, es tan perjudicial para el mismo aquél que transgrede la ley (criminal) como el que va más allá de ella, no ya en casos excepcionales (héroe), sino indefectiblemente (santo). Y es perjudicial, digo, porque, si ese sujeto se perpetúa, tenderá a sustituir al Estado como referente máximo de lo que se debe pensar y hacer, entrando en conflicto con él en no pocas ocasiones. Cabe afirmar, incluso, que, a medio plazo, el bien "supralegal" resulta mucho más dañino al Estado que el mal incesante e "infralegal": por éste se confirma como necesario en tanto que organización política (ninguna sociedad está por encima de su ley, ya que toda ley es una idealización social); por aquél queda en evidencia lo contingente de sus preceptos (ninguna ley, salvo la divina, es virtualmente necesaria).
Cerremos ya el paralelismo. Para el Estado -no para tal o cual Estado, sino para todo Estado- es conveniente difundir la creencia de que existe un ente sutil, proteico y sibilino al que debemos la inspiración del mal universal. Uno distinto a sí mismo, claro. Este mal sería el provocado por querer ir más allá del poder soberano, por conjeturar que existe un bien mayor que el que señala la ley en cada coyuntura. El Estado no perdona esa "soberbia", aunque esté orientada a la perfección moral, porque él no pretende la perfección elegida y libre, en vistas al ilimitado bien, sino la impuesta y sometida ("subdites") a una relativa perfectibilidad que justifique su pervivencia a modo de Leviatán. Así, la Iglesia, insoslayablemente alejada de la soberanía (el Vaticano es un anti-Estado en la órbita de los Estados, como el ángel caído), amenaza por sistema al dominio ciego que ejerce toda unidad ideológica cerrada, monádica y sin armonía, cuyo fundamento último estriba en la fuerza (ejército). Como la amenaza que representa la mencionada institución es perenne, también lo es la calumnia contra ella, al margen de lo que ella sea, haya sido o pueda ser. El Estado moderno no es más que un producto de la historiografía ilustrada, cuya noción central -metahistórica- es el enemigo: interno, externo, eterno.
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