Sobre la inexistencia de principios prácticos que sean innatos
Daniel Vicente Carrillo - 22-08-2005 12:20:34 | Categoria: Autor
Leibniz. Nuevos Ensayos sobre el entendimiento humano.Filaletes - La moral es una ciencia demostrativa, y a pesar de ello no tiene principios innatos. Inclusive llegaría a ser muy difícil llegar a enunciar una regla moral que por su propia naturaleza fuese objeto de un consentimiento tan general y tan inmediato como el principio "lo que es, es".
Teófilo - Es absolutamente imposible que haya verdades de razón tan evidentes como las idénticas o inmediatas. Y aunque es posible afirmar en verdad que la moral tiene principios indemostrables, y que uno de los primeros y más practicados es que hay que dejarse guiar por la alegría y evitar la tristeza, sin embargo hay que precisar que ésta no es una verdad conocida por la pura razón, puesto que está fundada en la experiencia interna, o en conocimientos confusos, pues no es fácil distinguir lo que es alegría y tristeza.
Filaletes - No es posible cerciorarse de las verdades prácticas por medio de razonamientos, discursos o cualquier otra forma de actuación del espíritu.
Teófilo - Aunque así fuese, no por ello dejaría de haber principios innatos. Sin embargo, la máxima que acabo de citar parece de naturaleza diferente: no es conocida por la razón sino, por así decirlo, por un instinto. Es un principio innato, pero no pertenece a la luz natural, pues no se le conoce con plena luminosidad. No obstante, sentado ese principio, resulta posible sacar de él consecuencias científicas, y estoy sobremanera de acuerdo con vos en lo que acabáis de decir sobre que la moral es una ciencia demostrativa; pues vemos que enseña verdades tan evidentes que incluso ladrones, piratas y bandidos se ven obligados a observarlas entre ellos.
Filaletes - Pero los bandidos respetan entre sí las reglas de la Justicia sin considerarlas principios innatos.
Teófilo - ¿Y qué importa? ¿Acaso la gente se preocupa de esas cuestiones teóricas?
Filaletes - No respetan los principios de la Justicia más que como reglas de conveniencia, cuya práctica es absolutamente necesaria para la conservación de su sociedad.
Teófilo - Efectivamente. No se puede decir nada más acertado respecto de los hombres en general. Y así es como las leyes están grabadas en el alma, a saber, como consecuencia de nuestro instinto de conservación y de nuestro bienestar. ¿Acaso se piensa que las verdades están en el alma independientemente las unas de las otras, como los edictos del pretor estaban en su pregón o album? Dejemos aparte el instinto que conduce al hombre a amar a sus semejantes, pues de esto hablaré más adelante, y hablemos ahora únicamente de las verdades en tanto nos resultan conocidas por medio de la razón. Reconozco, asimismo, que algunas reglas relativas a la Justicia no pueden ser demostradas en toda su extensión y perfección más que suponiendo la existencia de Dios y la inmortalidad del alma, y aquellas que no se derivan de los instintos humanos están grabadas en el alma como verdades derivadas. Sin embargo, los que fundamentan la Justicia únicamente en las necesidades de esta vida y en las necesidades que tienen, mejor que en el placer que se experimenta al ser justo, que es uno de los mayores cuando tiene a Dios por fundamento, corren el riesgo de parecerse un poco a una sociedad de bandidos.
Filaletes - Reconozco que la Naturaleza ha puesto en todos los hombres el deseo de ser feliz y una fuerte aversión por la miseria. Estos sí son principios prácticos auténticamente innatos y, de acuerdo con el destino de todo principio práctico, tienen una influencia continua en nuestras acciones. Pero se trata de inclinaciones del alma hacia el bien, no ya de impresiones de alguna verdad que esté grabada en nuestro entendimiento.
Teófilo - Me siento encantado de veros admitir efectivamente verdades innatas, como demostré a continuación. Ese principio está bastante de acuerdo con el que acabo de señalar, que nos lleva a perseguir la alegría y a evitar la tristeza. Pues la felicidad no es otra cosa que una alegría duradera. Sin embargo, nuestra inclinación no es propiamente por la felicidad, sino por la alegría, es decir, por el presente; mientras que la razón nos conduce hacia el porvenir y la duración. Ahora bien, la inclinación expresada por medio del entendimiento se transforma en precepto o verdad práctica: y si la inclinación es innata, también la verdad lo es, al no haber nada en el alma que no sea expresado mediante el entendimiento, aunque no siempre mediante una consideración actual distinta, como ya he mostrado suficientemente. Tampoco los instintos son siempre los principios propios de cada ciencia y del razonamiento cuando, sin conocer su razón, los utilizamos por instinto natural. En ese sentido no tenéis posibilidad de negar los principios innatos: aun cuando queráis rechazar que las verdades derivadas sean innatas. Sin embargo, si lo hiciéseis después de cuanto acabo de explicar sobre aquello a lo cual yo denomino innato, sería una pura cuestión nominal. Y si alguno no desea llamar así más que a las verdades que desde el principio son sabidas por instinto, no entraré en discusión con él.
Filaletes - Todo eso está muy bien. Pero si en nuestra alma hubiese algunos caracteres que estuviesen grabados en ella naturalmente, como otros tantos principios del conocimiento, no podríamos conocerlos más que en tanto actuantes en nosotros, al modo en que sentimos la influencia de los dos principios que constantemente actúan en nosotros, a saber, las ganas de ser feliz y el temor de ser miserable.
Teófilo - Hay principios cognoscitivos que influyen en nuestra alma con la misma constancia que los principios prácticos en nuestra voluntad; por ejemplo, todo el mundo utiliza las reglas para deducir consecuencias por lógica natural, sin darse cuenta.
Filaletes - Las reglas morales necesitan ser probadas, y, por tanto, no son innatas, como ocurre con la regla que es el origen de las virtudes referentes a la sociedad: "no hagas a los demás lo que no quisieras que se te hiciese a ti mismo".
Teófilo - Siempre me hacéis la objeción que ya he refutado. Os concedo que hay reglas morales que no son principios innatos, pero eso no impide que sean verdades innatas, pues una verdad derivada sería innata cuando la podamos extraer de nuestro espíritu. Pero existen verdades innatas que aparecen en nosotros de dos maneras, por luz natural y por instinto. Las que acabo de señalar se demuestran por medio de nuestras ideas, lo cual constituye la luz natural, mas existen conclusiones de la luz natural que respecto al instinto resultan principios. Así es como nos vemos conducidos a los actos humanitarios por instinto en tanto eso nos place, y pro razón en tanto es justo. En nosotros existen, por tanto, verdades instintivas que constituyen principios innatos, que se sienten y se ratifican, incluso sin tener ninguna prueba de ellos, la cual, sin embargo, puede ser obtenida si se da razón de dicho instinto. Así, a veces utilizamos las reglas de deducir consecuencias confusamente y como por instinto, pero los lógicos encuentran la razón de ellas, así como también los matemáticos dan razón de cuanto se hace sin darse cuenta al andar y al saltar. En cuanto a la regla referente a que no se debe hacer a los otros lo que no se quisiera que nos hiciesen, no sólo necesita prueba, sino también testimonio. Puesto que si uno es el amo, quiere demasiado; ¿se deduce de ello que también a los demás se les debe demasiado? Se me dirá que esto sólo se entiende en una voluntad justa; pero de esta manera, la regla, lejos de bastarse para servir de medida, a su vez tendría necesidad de ella. El sentido auténtico de dicha regla es que el lugar del otro es el punto de vista verdadero para juzgar equitativamente cuando se pone uno en él.
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